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viernes, agosto 07, 2009

Los laberintos de la otredad (4)


El descanso en el éxito: los mismos exorcizan al otro.
Las instituciones con responsabilidad formativa producen individuos integrados (subsumidos) a la formulación unívoca en que se expresa el ser; tal responsabilidad, por cierto, sigue siendo monitoreada por otras metainstituciones que ejercen un poder de policía frente a actividades comprometidas esencialmente con la reproducción social: pensemos que la institución educativa se halla habilitada para certificar competencia en el gerenciamiento del logos de la verdad, a todos aquellos que en el proceso de escolarización evidenciaron hallarse suficientemente mismificados. En la práctica, la responsabilidad de la institución educativa supone velar por el interés público al licenciar individuos competentes en las diversas áreas del conocimiento; pero, en rigor, tal responsabilidad supone algo más profundo y esencial, algo que posee cierto cuño metafísico: supone el monopolio hegemónico en la meticulosa labor de serialización de indeformables engranajes que, perfectamente articulados, perpetúan el armonioso funcionamiento del modelo societario vigente. Dentro de ligeras variantes individuales, el sistema se reproduce dentro de los límites de mismidad ontológica establecida por el programa fundacional de esa tradición sociocultural. Lo ónticamente otro, la empírica e impenetrable densidad de la diferencia, es nihilizada (o cuando menos invisibilizada) por la correctiva erosividad institucional de la mismidad. Lo otro, acaba por desvanecerse tras las brumas de la anormalidad o de la desviación intolerables.

domingo, julio 12, 2009

Los laberintos de la otredad (3)


Las relaciones apropiativas y mismificantes.

En virtud de variados procesos mismificantes de socialización generacional, quienes pertenecen a una misma tradición cultural se hallan habilitados para entablar entre sí, relaciones que, aún cuando luzcan espiritualizadas, persiguen, en la práctica, simples complementariedades instrumentales que suponen una negación de la alteridad ontológica: el otro, en última instancia es un alter ego que agota la dimensión de su ser en un repertorio de actitudes e ideas que se hallan rigurosamente determinadas a priori en el continente de la mismidad ontológica (intangible magma que constituye el ser de los yoes que se interconectan). Aún en la consumación amorosa, a la cual podríamos considerar como unos de los momentos supremos de la donación erótico-comunicativa, acaba produciéndose una relación apropiativa enancada en el despliegue yoíco que, desdibuja al otro hasta tornarlo un apéndice extrasomático (una especie de consumación material de mis deseos) de tal impulso realizativo.
Estas pseudo-aperturas consolidan tranquilidad, pues toda insinuación de la diferencia-novedad que el otro encarna, se contrarresta mediante estrategias autoprotectivas. La reiterada apelación a la incompatibilidad de caracteres con que suelen clausurarse muchas relaciones afectivas, nos parece una gráfica formulación de lo que el amante busca en el amado: confirmación para su plena y autosustante separatividad ontológica. En el orden socio-político podemos ver que los diversos mecanismos de intervinculación utilizados por las instituciones tienden a la homogeneización, a la estandarización y a la normalización, de manera tal que la sociedad concluye siendo un previsible acomodamiento de mismidades que se protegen de lo diferente (externo, anómalo, incomprensible, monstruoso,etc.) tras altas y densas paredes que delimitan la frontera con la nada.

sábado, junio 13, 2009

Los laberintos de la otredad (2).


La forja de la mismidad.

La reducción de la otredad a lo mismo es un proceso que no sólo se ejecuta y consolida diacrónicamente, sino, que, con igual virulencia aniquiladora, se verifica intratemporalmente. La búsqueda de la mismidad supone una fuga de la historia; la uniformidad del presente preanuncia el homogéneo inmovilismo de la eternidad.

La búsqueda de la unidimensionalidad, funcional e instrumentalmente ostensible en las escuelas, las fábricas, los conventos, los cuarteles o los manicomios constituye una paroxística referencia a la exigencia socio-institucional de imponer una normalización productiva, simbólica, revalidatoria.

La brevedad de esta nota nos permite apenas formular algunas aseveraciones acerca de la función histórica que ha cumplido la institución escolar. Más allá de los aciertos antropológicos que dicha institución pudo haber direccionado, lo cierto es que el arduo trabajo de la educación acaba por volver romas todas las agudezas, por acallar las voces disonantes, por domeñar la imaginación descarriada. El proceso educativo asegura a la sociedad cohortes de seres estereotipados dispuestos a realizar sus existencias en los escenarios que también ha matrizado la institución educativa como brazo técnico de la voluntad política de una época.

Pero la igualación constrictiva y ortopédica acaba con la otredad: los individuos producidos por la educación serializante marchan, enhiestos y seguros, al paraninfo de la mismidad. La demostrada eficacia de la escolarización es una garantía a largo plazo, que atenúa el malestar existencial que en los progenitores biológicos y culturales de los educandos instaura la manifestación incontrolada de la imaginación infantil y la rebeldía juvenil. Si en el momento del acceso a la educación, la niñez porta los lúdicos duendes de la fantasía -rebelde madre de las gozosas diferencias-, al egresar de los itinerarios científicamente prefijados, esa niñez ha recibido todas las vacunas que previenen contra toda posible desnaturalización. La sociedad puede volver a respirar tranquila cada vez que finaliza un período de adiestramiento escolar: la posible subversión de la otredad ya se ha metamorfoseado en necesaria y confiable mismidad.